Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémigo y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él prpocuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo paso a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fillas de cariconcia. Y, sin embargo, era apenas el principio, etcétera, etcétera, etcétera.
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