Mi madre
se llama Rocío
y sus besos saben
a hojas de amanecer.
Es un olor a pan de naranja,
a tierra mojada, a canastín de frutas,
es un chocolate envuelto en oro,
una almohada tibia en la noche oscura
y una sonrisa en medio del misterio.
Aurelio, mi padre,
es un coche de carreras
y no tiene tiempo
de lunes a viernes
para mirar la caída de las hojas.
Su tiempo se le va mirando los frutos
verdes, rojos, amarillos,
en su huerto de semáforos.
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